Indulto de un toro bravo
A mediodía del domingo se hizo el sorteo y apartado de la corrida anunciada para las siete de la tarde. A las cinco de la tarde se abrió por primera vez el portón de los sustos y apareció el toro en la arena sacrificial para vivir los veinte minutos más intensos de su regalada vida. Era la muerte anunciada.
"Me cegó el sol y me aturdió el griterío de la gente cuando rematé contra el burladero. Me vi rodeado de toreros a pie y a caballo. Embestí al torero que se tapaba con un capote. El público volvió a gritar. Como aquella vez siendo eral, me arranqué al caballo y sentí sobre el lomo un dolor. Empujé con toda la fuerza del testuz y los riñones pero los cuernos se hundieron en el peto mientras el público gritaba más. Los toreros me sacaron hacia el centro del ruedo y me engañaron con el capote. Me excité. Quise cornearles pero se libraron del derrote. Sonó el clarín y vi acercarse a un torero con banderillas. Me llamó, embestí con tranco largo pero él pasó corriendo para herirme tres veces.
¡Por qué volvía a sonar el clarín? Después, el torero alto y moreno me llamó: ¡Ei, torito!, mientras me enseñaba un trapo rojo. Entré al trapo con fiereza mientras crecía el murmullo de la gente. Solo veía la mancha roja delante de mis ojos, pero nunca la alcanzaba. Me revolvía, embestía otra vez y el hombre seguía jugando conmigo, unas veces por de abajo, otras por arriba, luego por el pitón derecho y también por el izquierdo. Me daba igual embestir por cualquiera de ellos. Me sobraba fuerza. No me dolían las heridas. Nunca había escuchado semejante griterío; estaba acostumbrado al silencio del campo y al reburdeo de los sementales al amanecer. A la escandalera se unieron las palmas, los olés, la música desafinada de una banda.
Todo mi afán era atrapar al torero porque seguía engañándome; me llevaba de aquí para allá, me dominaba pero yo no cedía. Al cabo de un rato se alejó de mí y volvió con un estoque en la mano.
¡No lo mates!, gritó el público. El torero volvió a jugar conmigo. ¡Vamos a ver quién puede más! Y seguí embistiendo con la fuerza recrecida. ¡No lo mates!, repitieron puestos en pie. El torero me miró. Tenía el rostro sudoroso y contraído, el pelo revuelto, los ojos vivos. Volvió hacía la barrera. Habló con otras personas y luego se vino hacia mí con un capote. Ya no quiso seguir jugando aunque yo tenía fuerzas para continuar. Cuando abrieron el toril volví a sentir el olor a humedad, a excrementos y orines, y entré por donde había salido. Un golpe de cerrojo me dejó a oscuras. Me sentí algo fatigado y empezaron a enfriarse las heridas del lomo.
El torero acababa instrumentarle al toro una insólita y bellísima faena de 17 minutos con más de 100 muletazos. Un toro se indulta a petición del público, del matador y del ganadero en virtud de su bravura y nobleza.
El toro salvó la vida en su duelo con la muerte bajo el sol.