VESTIDO DE TOREAR

 

 

 

 

 

   Ningún uniforme dignifica más a una profesión que el vestido de torear, símbolo de la luz frente a la oscuridad de lo racional. Segunda piel del héroe, coraza del luchador, todo eso y más podía ser este lujoso envoltorio que tan cuidadosa y artesanalmente se elabora en las sastrerías taurinas.

    En el taller, un equipo de más de treinta personas cada una especializada en una labor hace falta para confeccionar un vestido que estará listo un mes después.

    Primero se elegirán las telas de rasos y sedas de brillantes colores que realzaran la buena figura de un joven espada o trataran de disimular algún kilo de más en la línea del maestro veterano.

    Los vestidos no se hacen en una sola pieza. Al armazón de la chaquetilla, cosido sobre una base dura para que no pierda rigidez, le añaden diversas partes bordadas.

    La espaldilla correspondiente al dorso. Los hombrillos a los que se unen como forma salientes las rosas o casquillos. Los alamares la pieza más vistosa y compleja de elementos que se colocan en el delantero y las mangas de la chupa. Sobre una base plástica se adhieren los llamados golpes en la zona superior con piedras de bisutería que como norma de buen gusto harán juego con los cabos, es decir, con la faja y el corbatín, después las bellotas o chorrillo acabados en los remates, lo que algunos erróneamente conocen como cabos, que desde hace algún tiempo son bolitas de material plástico, aunque afortunadamente sé esta recuperando la tradición y se está volviendo al remate de cordón de seda, menos práctico, pero que indudablemente da al vestido una mayor prestancia.

    Los alamares se colocan también en la parte inferior de la taleguilla una vez cosidas a éstas las bandas de bordados, y todo ello finalizado en los machos colgantes de los hombrillos y cabo de los cordones de la taleguilla para que bien apretados a los gemelos hagan sentir al espada toda la fuerza de sus piernas ante el toro.

Plata, oro o azabache sirven para identificar a cada cual en el ruedo, vestido que un mes después de la primera puntada está dispuesto para servir al espectáculo de mayor colorido.

    Taleguilla, chaleco y chaquetilla, terna neoclásica de un uniforme que al colocárselo en un rito casi litúrgico, transforma al hombre en héroe.